El peso de la mirada, de Santos Rejas Rodríguez, es uno de los relatos ganadores del XI Concurso de Relatos de GEPAC. A través de un encuentro inesperado entre dos mujeres unidas por el cáncer de mama, el autor reflexiona sobre el miedo, el acompañamiento y la importancia de hablar con honestidad, especialmente con quienes más queremos.
Finalista del XI Concurso de Relatos: El peso de la mirada
Finalista del XI Concurso de Relatos de GEPAC, El peso de la mirada es una emotiva historia de Santos Rejas Rodríguez que aborda el impacto del cáncer de mama desde la sensibilidad y el acompañamiento. A través del encuentro entre dos mujeres unidas por una experiencia común, el relato reflexiona sobre el miedo, la esperanza y la importancia de encontrar apoyo y palabras de consuelo en los momentos de mayor incertidumbre.
El peso de la mirada
Soy un poco despistada. Decir “un poco” es una forma amable de describirme, consecuencia de ese rasgo mío que podría llamarse generosidad conmigo misma.
Nunca había reparado en que las miradas tienen peso. No un peso insoportable como el que tienen algunos diagnósticos médicos. O, en ocasiones, el del ser…
Es algo más ligero. Un peso inquieto. Parecido al aleteo de un colibrí que se acerca a una flor, revolotea alrededor y se marcha sin llegar a posarse. Una presencia leve, pero imposible de ignorar del todo.
Lo descubrí hace unas horas, sentada en un café.
Acababan de raparme el pelo.
Ahora llevo un pañuelo que compré cuando decidí que era mejor anticiparme a lo que estaba por venir. Es bonito, de colores suaves… lo elegí con cuidado, como si esa elección tuviera alguna importancia especial.
Esta mañana un mechón quedó atrapado entre mis dedos. No fue una sorpresa. Sabía que ocurriría. Aun así, sentí cómo las lágrimas se agolpaban detrás de los ojos, esperando permiso para salir. No se lo di. En su lugar, pedí cita en la peluquería.
La peluquera fue discreta. No hizo preguntas. En menos de diez minutos, el espejo devolvía mi nueva imagen.
Calva.
Estoy ahora en este café, con una taza delante y la cabeza cubierta por el pañuelo.
Sí, tengo cáncer. De mama.
Cuando escuché el diagnóstico sentí que el mundo se partía en dos mitades. Fue una sensación como si el suelo se abriera y yo quedara suspendida sobre una grieta profunda.
El especialista fue prudente. Utilizó la palabra tumor, habló de tratamientos, de pronósticos, de porcentajes. Pero yo traduje todo aquello de inmediato.
Cáncer.
Y después, casi sin transición, la idea que tantas veces escuchamos en voz baja:
Me voy a morir.
Con el tiempo -en apenas unos días- esa frase ha ido perdiendo fuerza. Se ha ido transformando en otras más manejables. Aun así, a veces aparece, como un eco lejano. Como hace un instante. Cuando sentí la mirada.
No fue incómoda, pero tampoco indiferente. Levanté la vista y la encontré.
Una mujer. Aproximadamente de mi edad, en la segunda mitad de la treintena. Sus ojos brillaban de una manera difícil de describir: atentos, cálidos, ligeramente empañados. Su boca dibujaba una sonrisa tranquila, de esas que parecen ofrecer compañía sin exigir nada a cambio.
- Hola -dijo.
Le devolví la sonrisa casi por reflejo.
- Hace poco tiempo yo llevaba un pañuelo como el tuyo-, fue su presentación.
A los pocos minutos estábamos compartiendo mesa y un café que se fue enfriando mientras hablábamos. Me sorprendió la facilidad con la que empecé a contarle cosas que apenas había dicho en voz alta. Tal vez porque era una desconocida. A veces resulta más sencillo hablar con alguien que no forma parte de tu vida.
Supe que tenía un hijo. Nueve años. No suelo creer demasiado en las casualidades. Yo también tengo un hijo. Siete años.
Al principio hablamos de tratamientos, de hospitales, de esa nueva forma de organizar la vida alrededor de citas médicas y efectos secundarios. Luego, sin saber cómo, la conversación llegó a lo que de verdad me inquietaba.
-Tengo más miedo a que mi hijo sepa que tengo cáncer que al propio diagnóstico.
Lo dije sin adornos. Ella asintió despacio.
-A mí me pasó exactamente lo mismo. Hizo una pausa breve antes de continuar.
-Mi hijo tenía ocho años cuando me diagnosticaron. Pensé durante días si debía decírselo o no. Al final comprendí que ocultarlo era imposible. Los niños perciben los cambios. Lo notan todo.
Bebió un sorbo de café.
-Preferí que lo supiera por mí y no por otros. Por un comentario en el colegio, por una conversación de adultos o por una pregunta mal formulada.
-¿Y qué ocurrió? -pregunté.
-Lo que ocurre cuando las cosas se dicen con claridad -respondió-. Me hizo preguntas. Muchas. Algunas difíciles, otras sorprendentemente sencillas. Cuando terminamos de hablar, él estaba más tranquilo. Y yo también.
Guardamos silencio unos segundos.
-Entonces… ¿crees que debería contárselo?
No respondió de inmediato. Miró su taza como si buscara allí la respuesta.
-Tú eres quien mejor conoce a tu hijo -dijo finalmente-. Pero sí sé una cosa: cuando los niños no tienen respuestas, las inventan. Y casi siempre imaginan algo peor que la realidad.
Aquella frase se quedó conmigo. Nos despedimos poco después. No intercambiamos teléfonos ni apellidos. Fue uno de esos encuentros que existen únicamente en el momento en que ocurren.
Y ahora estoy en casa. En nuestro rincón preferido. El lugar donde solemos sentarnos a pasarlo bien. A hablar después del colegio.
He tomado algunas notas como si preparara una guía para la conversación que está a punto de llegar.
Mi hijo volverá en unos minutos. Sé que posará su mirada en mi cabeza cubierta por el pañuelo.
Tal vez pregunte directamente. Tal vez no. Sea como sea, le diré las cosas que he ido aprendiendo en estas semanas.
Que el cáncer es una enfermedad seria, pero que hoy existen tratamientos muy eficaces y que muchos tumores se curan.
Le explicaré que la quimioterapia produce efectos molestos: cansancio, náuseas, caída del cabello. Que por eso estoy calva ahora, pero que el pelo volverá a crecer.
Le diré también que el cáncer no es contagioso. Que puede abrazarme sin miedo.
Le contaré que confío plenamente en mi oncólogo y en el tratamiento que ha diseñado para mí.
Que las enfermeras me cuidan con una mezcla admirable de profesionalidad y cariño.
Y que un psicooncólogo me está enseñando algo muy útil: cómo respirar despacio cuando aparecen los miedos, cómo ordenar los pensamientos y cómo dormir mejor por las noches.
Pero, sobre todo, intentaré decirle algo más sencillo:
Que sigo siendo su madre. Que lo quiero exactamente igual que ayer. Que lo necesito como siempre.
Y que, durante un tiempo, tendremos que recorrer juntos un camino que quizá sea un poco más difícil de lo habitual.
No pasa nada. Los caminos difíciles también se pueden recorrer. Especialmente si se caminan de la mano. Santos Rejas Rodríguez