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Participante del XI Concurso de Relatos: Entre una espera y otra

Participante del XI Concurso de Relatos: Entre una espera y otra

Entre una espera y otra, de Eugenia Agüero, es uno de los relatos participantes del XI Concurso de Relatos de GEPAC. La autora narra el inesperado diagnóstico de mieloma múltiple coincidiendo con el inicio de su embarazo, una historia donde el miedo, la incertidumbre y la esperanza conviven mientras la vida continúa abriéndose paso.

Participante del XI Concurso de Relatos: Entre una espera y otra

Las historias tienen la capacidad de acercarnos a experiencias que, aunque profundamente personales, conectan con emociones universales. A través de ellas es posible comprender mejor el impacto que un diagnóstico de cáncer puede tener en la vida de una persona y cómo, incluso en los momentos de mayor incertidumbre, siempre hay espacio para la esperanza.

Por ello, compartimos uno de los relatos del XI Concurso de Relatos de GEPAC. En esta ocasión, Eugenia Agüero nos presenta Entre una espera y otra, una narración que entrelaza dos acontecimientos capaces de cambiar una vida para siempre: el diagnóstico de un mieloma múltiple y el descubrimiento de un embarazo.

Con una escritura cercana y sincera, la autora relata cómo el miedo, las pruebas médicas y la incertidumbre convivieron con la ilusión de preparar la llegada de su hija. El relato refleja la fortaleza necesaria para aprender a vivir entre dos tiempos: el de la enfermedad y el de la vida, demostrando que ambos pueden coexistir y que, a veces, la esperanza nace precisamente en medio de la espera.

Entre una espera y otra

  • Mamá, ¿vos estuviste enferma?

La pregunta aparece así, sin aviso, como aparecen casi todas las cosas importantes.

La miro sentada en la mesa, con los codos apoyados y un lápiz en la mano. Tiene siete años. No parece preocupada ni asustada. Solo quiere saber.

Tardo unos segundos en contestar. No porque no sepa qué decir, sino porque no sé por dónde empezar.

Cómo se explica algo que, en su momento, tampoco entendías.

  • Sí - le digo.

Y mientras lo digo, me doy cuenta de que esta es la primera vez que se lo digo así, en forma directa.

En agosto de 2017 estábamos por mudarnos con Martín a nuestro primer departamento. También estaba por empezar un nuevo trabajo. Tenía treinta y tres años, hacía poco nos habíamos casado y, dentro de nuestros planes, estaba la idea de tener hijos.

Antes de empezar a buscar un embarazo, decidí hacerme un chequeo. Nada especial. Un análisis de sangre.

Dos días después me llamaron del laboratorio.

  • Tuvimos un inconveniente técnico con tu muestra -me dijeron-. Tenés que repetirla.

No le di importancia. Volví a sacarme sangre.

Una semana más tarde tenía los resultados en la mano. Todo parecía normal, salvo unas proteínas un poco elevadas.

  • Seguramente es un error -me dijo la médica-. Quiero repetirlo en otro laboratorio.

Lo hice. Y me fui de vacaciones.

Cuando volvimos, abrí el mail con los nuevos resultados en la oficina. Empecé a leerlos rápido, sin entender demasiado, hasta que vi algo raro.

Los valores del estudio de fertilidad no eran normales. Según internet, eran valores de una persona embarazada.

Ese mismo día me hice un test. Dos rayas. Positivo.

Cuando Martín llegó a casa le dije:

-Creo que estoy embarazada.

Volví a la médica con la noticia. Esperaba una sonrisa. Un “felicitaciones”. Algo.

Pero no.

-¿Dónde están los resultados del proteinograma? -me preguntó.

Me descolocó.

-Cuando los tengas, llamame -dijo-. Especialmente si aparece la palabra “monoclonal”.

Salí del consultorio confundida. Un poco enojada también.

Llegué a casa y, como era inevitable, abrí Google y encontré palabras que no conocía: Proteínas elevadas,

Gammaglobulinas, Banda monoclonal. Hasta que apareció una palabra que sí conocía. Cáncer.

No quise darle demasiada importancia. Internet en un mundo de información a veces certera pero muchas otras con diagnósticos erróneos.

El resultado del nuevo laboratorio llegó mientras estaba en la oficina. Abrí el archivo en el escritorio, tratando de disimular.

“Se observa una banda monoclonal.”

No sabía exactamente qué significaba, pero sabía que no debería estar ahí.

Al día siguiente fui a ver a una hematóloga. Fue la primera vez que escuché hablar de una punción de médula ósea.

  • Es necesaria para confirmar un diagnóstico -me dijo.

  • ¿Diagnóstico de qué?

  • Todavía no lo podemos saber.

No me dolía nada. Me sentía perfecta. Estaba embarazada hacía tres días.

Nada cerraba. Un mes después conseguimos turno con una especialista. Fuimos con Martín y mi mamá. La doctora miró mis análisis en silencio.

  • ¿Te dijeron qué tenés? -me preguntó.

Empecé a responder. No llegué a terminar.

-Tenés mieloma múltiple -dijo.

Cáncer. Así, directo. Sin explicaciones. Durante unos segundos no entendí.

No la palabra. No entendía cómo esa palabra podía estar hablando de mí. Sentí como si de golpe todo el aire se hubiera ido de la habitación. Como si alguien hubiera abierto una ventana invisible y todo se hubiera vaciado.

Afuera, el mundo seguía girando.

Pero yo me había quedado ahí, en ese momento, en esa palabra.

Pero no dije nada. Me escuché hablar. Como si fuera otra persona.

-¿No habría que hacer más estudios para confirmarlo?

-No -respondió-. Con esto alcanza.

Hice una pausa.

-Estoy embarazada -le dije.

Por un segundo su expresión cambió.

-¿Decidiste continuar? -preguntó.

-Sí.

Me miró unos segundos.

-Es una decisión razonable.

Razonable. Me aferré a esa palabra.

Me explicó que la médula ósea es la fábrica de la sangre. Que la mía estaba funcionando mal. Que podía no sentir nada y aun así tener problemas en los huesos o en el riñón.

  • Pero yo me siento perfecta -le dije.

  • Ya lo sé -respondió.

Y por primera vez sentí que alguien entendía algo que yo todavía no.

Había leído en internet que la expectativa de vida era de dos a cinco años.

Así que hice la pregunta que no quería hacer.

  • ¿Me voy a morir joven?

  • No sé -respondió-. No sé cuándo se va a morir nadie.

No era la respuesta que quería, pero entendí. Entonces fui por la siguiente.

  • ¿Cuál es mi perspectiva?

Me miró.

  • Que te curemos.

Era la primera vez que escuchaba la palabra “cura” asociada a todo eso.

Durante el embarazo, no había mucho por hacer. Controlar. Esperar.

Mientras tanto, yo tenía que vivir. Ir a trabajar. Armar un cuarto. Elegir un nombre, como si nada estuviera pasando.

En la semana doce vimos a la bebé en la ecografía.

Se movía sin parar.

-Parece un boxeador -dije.

-Es una boxeadora -me corrigieron.

Era una nena.

En ese momento todo fue felicidad. Por un rato, el mieloma no existía.

Durante meses viví en dos realidades, la de los análisis, los números y las palabras que no entendía y la de una bebé creciendo adentro mío, ajena a todo.

Cada control era una mezcla de alivio y miedo. Cada mes era una pequeña victoria. Una forma de avanzar sin saber hacia dónde.

El día que nació, la vi aparecer del otro lado de la cortina.

Pequeña. Azul. Perfecta. Me la apoyaron encima. Y en ese momento entendí algo.

Había dos tiempos: el de la enfermedad y el de la vida.

Y yo estaba exactamente en el medio. Entre una espera y otra.

  • ¿Y ahora estás bien? -me pregunta.

La miro.

Pienso en todo lo que pasó después. En todo lo que todavía puede pasar.

Pero también en esto. En hoy. En este momento.

  • Sí -le digo.

Y esta vez, no dudo. Porque entendí que, a veces, estar bien es eso.

Que algo pequeño alcance. Eugenia Aguero