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Participante del XI Concurso de Relatos: Mis noes

Participante del XI Concurso de Relatos: Mis noes

Mis noes, de Jordina Recasens Pujol, es uno de los relatos del XI Concurso de Relatos de GEPAC. A través de una sucesión de negativas que aparecen tras un diagnóstico de cáncer, la autora reflexiona sobre las limitaciones impuestas por la enfermedad y descubre que, frente a todos esos “noes”, existe uno capaz de sostenerlo todo: el de no rendirse.

Mis noes

Después de que la palabra cáncer empezara a formar parte de mi vida

-del shock, del bloqueo, del miedo y de las dudas-, después de compartirlo y de asimilarlo, llegaron una serie de efectos colaterales de los que nadie te previene: los “noes”.

Mi primer “no” llegó un martes a las siete de la tarde. Salí del trabajo, saqué a pasear al perro y caminé hacia el pabellón municipal, donde realizaban la campaña de donación de sangre.

Cuando cumplí los dieciocho años y todo el mundo me decía lo de “ya puedes sacarte el carné” o “ya puedes entrar a las discotecas”, yo (quizá extrañamente) pensé: “ya puedo ser donante”. Mi padre lo era y me gustaba acompañarle a recibir ese pinchazo. Como si apoyara su heroicidad, le esperaba con orgullo y su zumito posdonación. Así que, desde la mayoría de edad, yo también fui donante. Lo fui hasta las siete y tres minutos de ese martes: el día en que me dijeron que ya no podía donar sangre, ni plasma, ni médula… e intentaron consolar mi sollozo con un “ahora quizá te toque recibirlo a ti”.

No puedo describir cómo se me congeló el cuerpo después de escuchar esas torpes palabras, pero quizá la enfermera tenía razón e iba a necesitar sangre. ¡En ese mismo instante!

Mi segundo “no” apareció como regalo de San Valentín. Nunca he sido de celebrar estas ñoñerías, pero cualquier excusa me parece buena para aprovechar un dos por uno. Así que reservé un masaje en pareja e invité a mi novio a untarnos en aceite caliente. Al llegar al centro de masajes, tuvimos que rellenar un cuestionario de salud en el que, por primera vez, me tocó dibujar una equis al lado de la palabra cáncer.

Después de sentir una punzada en el pecho, se acercó una mujer que desprendía un aroma a lavanda que emborrachaba. Echó un vistazo a la hoja, frunció el ceño de forma desagradable y, a continuación, me explicó, en tono compasivo pero firme, que no podría darme el masaje porque existían ciertas contraindicaciones con mi tratamiento médico, pero que sin problema podían alargar el masaje de mi pareja para compensarlo.

El resto ya te lo puedes imaginar (confieso: un drama).

El siguiente “no” llegó pocos días después. Estaba sentada en el despacho de mi trabajo frente a dos comerciales bien vestidas y repeinadas que, con un lenguaje técnico y recargado, intentaban vendernos un seguro médico para empleados que gozaba de una promoción irrechazable. O, al menos, aparentemente irrechazable hasta que leí la cláusula de no aptos para acogerse al seguro, donde claramente se excluía a los pacientes oncológicos, no fuera a ser que resultáramos demasiado caros para la aseguradora.

¿Qué podría decir sobre cómo reaccioné ante este “no”? Quizá mejor que ni lo explique.

Una de las cosas que me recomendaron para distraer la tristeza o engañar la frustración fue hacer múltiples actividades. Llenar la agenda de planes que me apetecieran y que, a la vez, obviamente no requirieran mucho esfuerzo físico ni comprometieran mi salud.

Así que asumí que en ese momento no podría bucear a dieciocho metros de profundidad, pero, mientras se secaban los puntos de la incisión de la segunda operación, me propuse sacarme la teoría del curso de submarinismo recreativo. Para, al menos, perderme un ratito entre los colores del mar de las ilustraciones del cuaderno teórico y soñar despierta con el momento de sumergirme.

Pero, impaciente porque eso ocurriera y después de los incansables “noes” de la gran variedad de facultativos que rechazaban la idea de firmar mi informe médico favorable, decidí acercarme a la orilla a mojarme los pies. Quizá un baño me ayudaría a despejar la mente.

El sonido del mar me sometió a una especie de trance agradable; el sol en la cara me hizo cerrar los ojos; el vaivén de las olas me empujó a forzar un pequeño baile arrítmico; la temperatura del agua me erizó la piel… Justo cuando empecé a sentir cómo se acercaba a mi ombligo, el grito lejano de un amigo me obligó a volver a este mundo:

-¡No te metas en el mar! Todavía ni se ha cerrado la cicatriz.

Al caer en cuenta de la razón de sus palabras, estallé. Comencé a llorar como si con mis lágrimas pudiera inundar el mar, como si fuera capaz de subir la marea. Un llanto sonoro que incomodó profundamente a los que pudieron oírlo.

Lloré desconsoladamente durante una eternidad porque no lo entendía, o no lo quería entender. Porque mi vida de inconsciente privilegiada no me había brindado demasiados noes a los que resignarme. Llevaba años enfrentándome a noes que desmontaba o que carecían de importancia. Noes que convertía en síes. Noes que quizá dependían de mí: noes negociables, noes debatibles, cuestionables…

Así como coexisten la luz y la oscuridad, el ruido y el silencio, arriba y abajo… están el “sí” y el “no”.

El “sí” te da acceso, te abre puertas, te acerca o te brinda lo que quieres, te genera cierta satisfacción. Por el contrario, el “no” te la niega, te aparta, cierra, limita, cancela, priva, frustra.

Pero, en medio de tanta oscuridad, ruido, abajo, noes… descubrí un “no” muy íntimo. Un no que nace de mí, que me acerca y sobrepasa la sensación de los síes, que me lleva justo al otro lado, que me levanta, que me sostiene, me abraza y me consuela.

Mi “NO pienso rendirme”. Jordina Recasens Pujol

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